Hay un cuento sobre un águila inmortal que vuela sola por un mundo lleno de comida, tanta que parece que nunca se acabará. Pero pasan los años y los decenios y los siglos la comida se va consumiendo y al final sólo queda un grano de sésamo en todo el mundo.
Es lo mismo que la vida, el ahora cuando somos niños, parece que no se va a acabar nunca, de mayores en cambio apenas podemos liberarnos del sentimiento de que ya estamos viviendo la prórroga, la última ronda antes de que se cierre el pub.
En la economía de la abundancia gastamos y gastamos porque sí, si necesidad y lo que es peor, pensando que nos lo merecemos. Sin embargo nada es gratis, habrá alguien o algo que tendrá que pagar, con trabajo, con privación, con sufrimiento.
El cazador cobra la pieza tras su esfuerzo de seguirla, tenderle la trampa o estar horas y horas apostado a la espera. El recoletor busca y busca hasta que encuentra las bayas comestibles que serán su alimento. El agricultor riega con su sudor, o el de los dinosaurios de hace milenios hecho petróleo, la tierra que planta.
Mover un coche, con lo que pesa, a velocidades de vértigo es un trabajo enorme. Intenta si no, simplemente moverlo en llano, lo más rápido que puedas, aunque sólo sea un kilómetro y verás. Todo ese trabajo se emplea en conseguir una efímera sensación placentera, en alimentar al ego, o en llegar más rápido a otro sitio donde tampoco quieres estar.
¡Qué despilfarro!
